22 abr 2013
abril 22, 2013

Ella

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Quizá porque tuve un padre alcohólico, que legó su herencia a alguno de mis hermanos, siempre he sentido una simpatía especial por las personas con este mal. Por mi padre no pude hacer nada, murió pronto y ni siquiera le pude decir que, a pesar de los pesares, me parecía buena persona.

Después de mayor, cuando comprendí que el alcohólico es un enfermo sediento y triste, perdoné y pude querer al hombre que me engendró como merecía su inocencia.

A partir de los noventa comencé a trabajar en el teatro, mi profesión, con adictos y personas sin hogar. Quién sabe si para redimirme. Ayer me encontré con ella en el parque. Ella es una mujer de unos cuarentan años, guapa y estudiada, sensible y alcohólica. Vive en la calle. Es consciente de su problema, lucha por ir limpia, quiere curarse. Pero tiene miedo. Creo que tiene pavor a volver a la realidad, a abandonar la autodestrucción, que tanto apego genera, y comenzar la cura.

Ser consciente es vivir para curarse a uno mismo. Es duro. Ayer me contó que la están amenazando con quitarle esa pensión mínima con la que se paga comida y ducha. Que le han dicho que busque trabajo, que la crisis es para todos y que ella está en condiciones. ¿Cómo? Pero si no tengo un traje digno, me dice sobria.

La chica alcohólica necesita pensar que su problema es el traje. Pero luego hace un gesto de pena y añade, yo he sido muy trabajadora, de verdad, pero con el maldito vino…

Entonces la vuelvo a dar un papelito con un teléfono. Ahí estamos para ti. Sonríe culpable y veo su alma hermosa. No lo perderé, me promete. Y se va.

Paloma Pedrero

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