La mentalidad patriarcal, y hablo en general, se caracteriza por una pasión por la autoridad, un ego grande, y una tendencia a la agresividad y a la desmesura. Su conciencia es egoísta. Hay una pérdida de contacto con una identidad más profunda enraizada en la emoción, la aceptación de lo inexplicable, la necesidad de cooperación y el instinto por dar y cuidar la vida. La mentalidad masculina se aferra a lo “racional” porque quiere dominar la tierra y el cielo, mandar sobre lo conocido y lo desconocido. Algo tan irracional como absurdo que nos trae gran insatisfacción a todos. Porque estos valores masculinos han formado sociedades de valores masculinos que todos compartimos. Sin embargo, esta forma de ver el mundo no es parte esencial de la naturaleza humana y no siempre ha sido así. Hay indicios de la existencia de un pasado matriarcal, que aún hoy subsiste en algunas sociedades indígenas. Y de que esta mentalidad dominante empezó a gestarse hace sólo unos 6.000 años, cuando, ante una crisis de supervivencia, ciertas poblaciones agrícolas indoeuropeas y semitas tuvieron que volver a hacerse nómadas y acabaron convirtiéndose en comunidades de guerreros depredadores. Este antecedente es alentador, porque si es cierto, volver a lo primordial es posible. Ir hacia sociedades donde la mente, el cuerpo, la emoción y el espíritu tengan una ligazón, donde los binomios competencia/colaboración, agresión/ternura estén armonizados, donde, sobre todo, desarrollemos la capacidad amatoria, la de verdad, la que hemos ido perdiendo con tanta guerra. Creo que las mujeres tenemos un papel fundamental en esta transformación. Estoy con compañeros en varios consejos de dirección y sé lo difícil que es ser auténtica sin que cuestione tu capacidad de mando. Pero cada día somos más las que estamos luchando por esta transformación hacia otra mentalidad más consciente. Se trata de algo tan complicado como no entrar en sus juegos de ego y poder, procurando no dañarlos pero siguiendo nuestro código e instinto femenino sin miedo y con firmeza. Juntos pero en la responsabilidad. Y en la paz.

Paloma Pedrero

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