13 oct 2015
octubre 13, 2015

Niña

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En mi casa había una mujer nacida en 1925 en un pueblo de León. De niña era muy inteligente y soñaba con estudiar. Pero al ser la mayor de cinco hermanos, y hembrita, no la permitían asistir a la escuela. Ella se escapaba y, cuando su madre se daba cuenta, corría a buscarla al colegio. Ella y su maestra suplicaban que la dejaran quedarse, pero la madre la necesitaba en casa. Muchos días también la mandaban de amanecida a faenar al campo con el padre. Pero pesar de todo consiguió aprender a escribir con esa letra lenta y alargada de los que no se resignan a ser analfabetos. Esta mujer tenía una sensibilidad extraordinaria y, cuando consiguió vivir en Madrid, frecuentó teatros, cines y algún libro que pudo rescatar de no sé donde. Se casó pronto, como mandaba la época, tuvo cuatro hijos y trabajó como una bruta en el hogar, haciendo arte de lo doméstico. Pero jamás pudo ser feliz. Y miles de veces nos contaba su pena por no haber podido ir a la escuela. Esta mujer bella y talentosa era mi madre. Y cuando murió descubrimos que tenía escritos varios cuadernos de relatos y poesías con esa letra circular y larguísima de los que han aprendido a escribir solos.
Ayer se celebró el día internacional de la niña. Porque aún hoy hay 65 millones de chiquillas en el mundo que no pueden ir a la escuela. Muchas se convierten en víctimas de todas las violencias; sin posibilidad jamás de desarrollar su “ser”. La educación de las niñas es el arma más poderosa para conseguir el verdadero progreso de un pueblo. Porque demostrado está que una mujer libre y formada mejora de forma inconmensurable el mundo entero.
Paloma Pedrero

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