17 abr 2013
abril 17, 2013

Sin techo o sin hogar

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Muy malamente se vive sin techo. En nuestros días, en nuestra cultura, un ser humano no puede prescindir de un lugar en el que pueda cerrar la puerta y quitarse la ropa, la máscara, la pena, el cansancio, la calle, a los otros… Hoy en día no se puede vivir sin agua, sin luz, sin un retrete limpio, sin un armario en el que proteger el alma. Porque si no tienes nada de eso, si vives en la calle, o en un albergue, o en un cuarto prestado, será muy difícil que tu hogar interior, el que vas amueblando con el esfuerzo de tu existencia, el que realmente necesitas para ser persona, esté ordenado, limpio, soleado y contento. Sólo unos pocos seres muy especiales disfrutan de vagabundear por el mundo, y no quieren buzón ni llave. Los hay, pero son pocos. Ahora, con los desahucios estamos viviendo la tragedia de familias enteras a las que quitan el techo. Y no se ha solucionado todavía, porque no se les puede trastornar, enviar a cualquier vivienda social, apartar de su entorno. Hay que hacer lo posible para que las personas se queden en su casa, en la propia. De otro modo, la gente estará cada vez más triste, más deshabitada, más enferma. Se quedará sin hogar. ¿Eso es lo que desean los mandatarios? Hay otros que tienen techo pero tampoco tienen hogar. Un tejadillo, una habitación, un chalé de lujo, incluso. Pero no cuentan con el calor interior del amor propio ni del de otros. Su ser está patas arriba, su corazón despintado, su piel cerrada a cal y canto y su chimenea asfixiada. Ellos son las personas sin hogar, los que, por unos motivos u otros, se han quedado sin recursos para defenderse del mal. Los que llevan marcado en el pecho un “estoy sufriendo” y la sociedad lo ve y les excluye.

Ellos, los sin techo y los sin hogar, todos ellos, tienen mis manos abiertas. A sus manos.

Paloma Pedrero

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