03 dic 2013
diciembre 3, 2013

Sin techo, sin salud

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Hace ya catorce años que trabajo haciendo teatro con personas en riesgo de exclusión social, muchas ya excluidas, algunos sin techo. Todos ellos sin hogar. Porque el hogar es mucho más difícil de poseer que nada en el mundo. Porque hay personas con techos de oro y sin hogar. Como también hay algunos con techos de paja y mucho amor debajo, mucho nido. Ahora bien, lo que está claro es que sin un cobijo en el que resguardarte es imposible tener el cuerpo y el alma sanos. La calle es tan dura como el asfalto mismo. La intemperie acaba con la salud de cualquiera. Veinte años menos viven aquellos que no tienen domicilio ni buzón, dicen los estudios.

Estas personas, la mayoría con gran sensibilidad humana y artística, doy fe de ello, sufren todas las discriminaciones posibles. La primera y más bruta es el desprecio de la mayoría, incluidos esos gobernantes que opinan que afean las ciudades. Estas personas sin techo tienen un problema de salud originario que es lo primero que hay que atajar. Si un día les rompieron la cabeza o el corazón, y no pudieron recomponerlo, necesitan esa curación. Necesitan médicos, psicólogos, centros de rehabilitación eficientes y humanos, talleres de arte, lugares de encuentro, amigos… Ellos necesitan recobrar la salud perdida. Y para eso hay que sensibilizar a políticos y ciudadanos de su valía. De la maravilla que es ayudarlos a salir adelante. Sé, porque me lo cuentan ellos mismos, que hay mucha gente anónima que les baja sopa calentita y abrigos. Sé, porque confío en la bondad de los desconocidos, que no están totalmente solos. Pero no es suficiente con la caridad, hay que hacer conciencia. Quizá esos que tanto los rechazan tendrían que saber que la frontera es muy leve, que nadie, ni sus más allegados, está libre de caer. Que es maravilloso ver como se recupera una flor.
Paloma Pedrero

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