Magia Café, quizá mi obra más compleja o, al menos, la que más me ha costado escribir de mis veintitantas piezas ya nacidas, crecidas y con vuelo propio por los escenarios del mundo.

Magia Café es el título pero entrecomillas. Porque es también el lugar donde se desarrolla la acción. La acción dramática ocurre en una pequeña casa de un parque de cualquier lugar, aunque mi mirada mientras la escribía estaba en una antigua guardería que existió en el parque del Retiro de Madrid. Esa casita abandonada en lugar tan hermoso, es ocupada por tres mujeres. Magia, Frida y Amparo, tres personajes en la frontera de la marginalidad, tres damas rotas que toman ese espacio lleno de árboles y pájaros y montan un café para indigentes, que son, a mi entender, o al de Magia, aquellos que un día les rompieron el corazón y no pudieron recomponérselo. Allí las tres heroínas de esta obra se instalan para vivir con un objetivo: dar café a los que no pueden entrar en un local publico, sentarse en una banqueta y pedirse un rico café con leche en taza de loza y con cucharilla metálica. Ellas lo hacen. Allí, en su café, sirven en tazas de las que suenan cuando la cucharilla revuelve el azúcar, a los hombres y mujeres que terminaron en la calle, que son hombres y mujeres como nosotros. Es más, que podríamos ser nosotros en un instante. Porque nadie sabemos lo que nos va a deparar la vida y sus sombras.

Y claro, el conflicto nace de adentro, pero también de afuera. Porque el infierno también está afuera y, muchas veces, se nos mete en las entrañas solapadamente, sin dudar. El conflicto de afuera es que las quieren echar de allí, cómo no. El ayuntamiento no puede tolerar que unas mujeres cualquiera y sin permiso de las autoridades ocupen una casa abandonada, la arreglen e inviten a otros, quién sabe dios qué individuos, a tomar calor, a hacer teatro o música, que eso es lo que hacen allí para divertirse, para curarse las heridas, para a través del arte más antiguo y hacedero de los siglos, aquellos que no tienen techo, tengan luz y desahogo, tengan música y compañeros de fatigas, tengan silla y ventana. Una ventana por la que ven algo bonito, un parque. Algo vivo, niños, gatos, pájaros. Algo sanador, las manos de una mujer a la que llaman Magia porque cuando desea algo con mucho ímpetu le salen chispas violetas por su pupila violeta, una mujer que sabe de medicina antigua, yerbas y piedras curadoras.

Pero vayamos al principio. Esta obra nace de mi experiencia dando un taller de teatro para una fundación, Rais, dedicada a esos quehaceres.

Allí aprendí mucho sobre la dignidad, ellos me lo enseñaron. Pero también aprendí que los que queremos ayudar, que a los que nos conmueven los que nada tienen, los sin voz, se nos puede manipular. Y, sin querer, podemos convertirnos en otro poder. Porque el poder entra a saco a través de su dinero, de sus subvenciones, de sus políticos, de su prepotencia, entra decía hasta en los más recónditos y revolucionarios lugares, y lo estropea todo. Lo corrompe todo, lo transforma todo. Por eso mismo Magia Café es una obra políticamente incorrecta, porque no solo da voz a los sin techo, sin papeles y sin dientes (el estigma de las sustancias más negras) sino que crítica a los que alegando buena voluntad y solidaridad infinita nos convertimos en cuervos bondadosos, a los que nos lavamos la conciencia a costa de los que no tienen nada.

Pero eso, todo eso, lo fui descubriendo durante la escritura del texto. Al comienzo, mi único motor era el hablar de ellos. El contar cómo son, cómo sienten, cuanto saben. Y, al comienzo, Magia era una mujer normal entrecomillas, porque ¿quiénes somos los normales? Y el conflicto principal era la lucha de esta mujer porque no le cerrarán el café, la lucha de las tres protagonistas contra el puño férreo de los servidores públicos, de los funcionarios de la cosa.

Magia Café tuvo siete versiones. Al terminar la primera me di cuenta de que si esas mujeres eran gente simplemente solidaria, pero con recursos para defenderse del mal, la voz no se la estaba dando a ellos, a los sin hogar. Así que, con la pesadumbre que acarrea el darse cuenta, cuando uno ya ha finalizado un texto, de que no era eso, decidí reescribir la obra haciendo de ellas, las tres protagonistas, gente también sin techo, gente con el corazón tan roto como a los que invitan a café.

Tomar esta decisión suponía mover toda la estructura del texto. Absolutamente toda, y así comencé la segunda escritura. La segunda versión se convirtió en un hibrido: ellas seguían pareciendo gente marginal pero diferente a los otros habitantes del café. Ellas se diferenciaban demasiado del resto de los personajes. Pero la tarea era difícil, porque lo que yo deseaba transmitir era exactamente eso, el que los mendigos o vagabundos o clochards o cómo quieran llamarlos, eran exactamente como nosotros. Porque yo les conocía bien. Había estado con ellos años y sabía que si había alguna diferencia era sólo en el nivel de destrucción al que habíamos llegado unos y otros. Cómo explicarlo… Lo que nos diferencia es que nosotros, los llamados gente normal, podíamos caer y volver a levantarnos, mientras que ellos, seres especialmente sensibles, habían caído y en la caída se les había roto el resorte que nos hace volver a ponernos en pie. A partir de esa fractura ellos, gente en un alto porcentaje universitaria y masculina, seguían deseando levantarse, reiniciar el vuelo, pero algo les hacía volver a caer. Caer casi siempre en el alcohol o la heroína, las dos drogas más destructivas de las que utilizamos. Ellos, mi gente de la calle, con los que sigo haciendo teatro, son personas muy especiales, muy talentosas para lo que no es sobrevivir.

No se pueden imaginar la pureza que guardan en sus cuerpos maltrechos, la necesidad de remontar, la fe en la condición humana, la sensibilidad para echar un cable a los que están mal aunque no lo expresen, a los que están peor que ellos mismos. Les puedo asegurar que a su lado he pasado por los peores momentos de mi vida y nadie, absolutamente nadie, me ha pedido menos. Me ha dado más.

Pues bien, en esta obra difícil y complicada, yo les rindo mi homenaje, yo les doy la palabra y la gratitud.

En Magia Café no hay buenos y malos, aunque sí hay un personaje que mancha, que corrompe, y que, cómo les decía, es el poder representado en la figura de un político con el que negocian lo que ellos no tienen: su techo. En Magia Café la gente, los personajes, son complejos y desbarran y confunden y aman y destruyen y reconstruyen.

Pero la dificultad se me hizo mayúscula cuando vi que lo más interesante no era la lucha de ellas por conservar el Café, sino las relaciones entre ellos mismos. Esa historia de amor que tiene la protagonista maga con uno de los hombres del que busca un hijo pero no una pareja, los celos de Frida hacía ese Quin, el único hombre que las visita al amanecer, los sueños de Amparo, la mujer siempre niña que anticipa lo que va a pasar, que sabe, desde su mundo autista, que no se puede engañar al corazón.

Pasan muchas cosas en esta obra extraña y tan incorrecta con todo. Pasa, al final, lo que quizá tenía que pasar sin que yo lo supiera. Porque las obras, cuando vienen de una necesidad apasionada van transcurriendo ajenas a tu control. Y, al final, son los personajes los que deciden si ella por fin tendrá ese hijo que desea o lo perderá, si el otro dejará el alcohol o no, si el Café de Magia será clausurado por la municipalidad o lo dejarán abierto hasta sabe dios cuando.

En esta obra, cuyo paisaje me fascina desde que lo conocí, es quizá más importante la música que la letra. Porque la música, ese deambular de los desamparados, ese no poder parar sentados, ese buscar en los papeles, ese temblor de las botellas, esos animalillos que esconden en su regazo y maúllan, ese ronquido del que descansa en cualquier parte, ese silbido sordo, ese dolor y esas risas auténticas, casi inocentes… nos dan el verdadero paisaje de los que desde el pozo, esa caída empicada, ese ya no ser ciudadano para los ciudadanos, nos hablan del arte, de lo prohibido, de la dignidad del hombre.

Paloma Pedrero

 

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